Copiamos a continuación el epílogo del libro «Cristianos en la sociedad del siglo XXI» (comprar), en el que el Padre contesta a algunas preguntas sobre la Pandemia COVID-19.
Preparada la presentación del libro en los primeros días del confinamiento por el COVID-19, cuando el libro iba a salir a la calle y ayudar a dar respuesta a cuestiones que a todos nos ocupan, las más urgentes se imponían sobre la pandemia que hemos vivido y nos ha afectado a todos en distintos aspectos de nuestra vida.
De un día para otro se había frenado nuestro ritmo habitual, cambiando rutinas, preocupaciones y miedos. Familias estudiando y trabajando desde casa, separados de amigos, compañeros y familiares en un aislamiento en el que la tecnología ha sido la gran aliada. Y médicos y sanitarios, sacerdotes y fuerzas de seguridad, voluntarios y demás personas trabajando sin descanso.
Poco antes de enviar el texto a imprenta, surgió la oportunidad de hacer a Monseñor Ocáriz unas preguntas sobre la inédita situación que llevamos viviendo más de dos meses en la casi totalidad del planeta.
La vuelta a la normalidad supone, entre otros esfuerzos, el de asimilar todo lo vivido y pararnos a reflexionar sobre temas que se han convertido en inevitables: muerte, vulnerabilidad, soledad, responsabilidad social…
Las palabras de D. Fernando pueden servirnos de guía en esta tarea que se nos presenta.
Nos hemos encontrado inesperadamente en una situación insólita. La pandemia del COVID-19 ha llegado a la práctica totalidad del planeta, generando una crisis sanitaria que ha hecho que la pregunta sobre la muerte no se pueda esquivar. La mayoría de la población ha permanecido confinada en sus casas durante meses, teletrabajando y atendiendo a las necesidades familiares al mismo tiempo. La pandemia ha supuesto una sacudida en nuestro modo de vida, una frenada en seco que nos ha hecho cuestionarnos diferentes temas. Esta situación ha permitido descubrir a muchos qué es de verdad lo importante: la persona –cada persona– ha recobrado la centralidad que merece. La búsqueda de sentido se hace más urgente que nunca y puede que nos falten las preguntas adecuadas. ¿Qué preguntas deberíamos hacernos y no dejar sin contestar? ¿Qué podemos decir de la muerte ahora que la tenemos tan cerca?
Efectivamente, una situación tan dolorosa e imprevisible como esta hace cuestionarse sobre temas esenciales. A medida que avanzaba el tiempo de pandemia, lo que parecía lejano ha venido a tocar a la puerta de cada uno de nosotros. Todos hemos mirado, impresionados, como miles y miles de personas fallecían en medio de la incertidumbre, lejos –en muchas ocasiones– de sus familiares. Muchos hemos perdido a personas cercanas, otros ya innumerables han sido afectados por el virus y han visto peligrar su propia vida; nadie puede quedar indiferente ante eso. Pero no solo nos hemos enfrentado con las preguntas que provoca el contacto con la muerte, también con las de la propia fragilidad e impotencia. Me pregunta por las cuestiones que no podemos dejar sin contestar en esta época… Pienso que las fundamentales van en dos direcciones: unas miran hacia Dios y otras hacia nosotros. Muchos habremos elevado nuestras preguntas a Dios ante el dolor: “¿Por qué has permitido esto?”. Dios es amor, como escribe san Juan en su primera epístola, y su amor es el amor de quien todo lo sabe y todo lo puede. Es cuestión de fe. No podemos llegar a entender del todo la providencia de Dios, pero con la fe –que obra mediante la caridad– podemos siempre amarla, y llegar a entender así el sentido del sufrimiento. Por otra parte, también nos hemos preguntado por nuestra propia vida. ¿Qué quiero que haya sido mi vida al llegar el momento de la muerte? Aunque la muerte siempre impresiona, muchos hemos tenido la experiencia de haber encontrado el consuelo de reconocer una vida feliz y realizada en quienes nos han dejado. Ese resquicio de paz fortalece también nuestra esperanza.
En esta situación límite de necesidad los ciudadanos han dado lo mejor de sí. La respuesta ha sido en general ejemplar, tanto en el cumplimiento de las normativas cívicas, como el apoyo a necesitados, voluntariado, cadenas de oración, etc. Parece que sentirnos necesarios nos ha hecho crecer a todos, olvidarnos de muchos egoísmos y pensar en los demás. ¿Tenemos que llegar a estos niveles de dolor para descubrir las necesidades de los demás por encima de las nuestras? ¿Cómo podemos aprovechar esta oportunidad, en la que economía y salud se han presentado como elementos enfrentados, para de veras avanzar hacia un mundo más solidario y humano?
Como dice, estos momentos nos han vuelto a poner frente a la realidad de que somos seres sociales, de que la persona humana necesita de los demás. Esta pandemia ha traído grandes lecciones, que hemos de procurar asimilar, empezando por cada uno. A veces, podemos tener la tentación de pensar que la sociedad civil, la “gente”, no ha aprendido la lección, pero hay que examinarse también en primera persona: ¿qué he hecho yo para mantener esta actitud solidaria? Para algunos, esta pandemia quizá haya supuesto un redescubrir el efecto de su labor profesional en el ámbito social –desde luego los profesionales del ámbito de la salud han sido heroicos–. Otros tal vez han podido descubrir que tienen más tiempo para darlo a los demás de lo que pensaban. Un fenómeno generalizado ha sido también la preocupación y cercanía con nuestros familiares y amigos, incluso aquellos para quienes no encontrábamos tiempo. El descubrimiento de las inmensas facilidades de las tecnologías nos ha hecho buscar y aumentar los contactos personales. Todos hemos descubierto o redescubierto de un modo nuevo que necesitamos a los demás, que somos todos parte del mismo mundo.
Los que tenemos fe hemos revivido una situación que recordaba muchas escenas de la Biblia: una plaga que nos acecha y contra la que nuestras fuerzas humanas resultan irrisorias; y un encierro en nuestras arcas para protegernos del diluvio. Desplegados todos los recursos humanos, solo quedaba rezar y esperar. Y en paralelo hemos contemplado algunas imágenes verdaderamente apocalípticas, como la del santo Padre envuelto en silencio, celebrando la liturgia de Semana Santa en una plaza de san Pedro desierta y mojada por una lluvia incesante. ¿Qué le han sugerido estas imágenes?
Toda esta situación alcanzó un pico de tensión –por lo menos en Europa y Asia– durante la Cuaresma. Ha sido muy impresionante ver esta ciudad de Roma, que en esas fechas se llena de peregrinos, vacía y confinada. La situación de dolor y temor ha permitido una mayor cercanía a la Cruz de Jesús, nos ha hecho contemplar, con una renovada participación personal, su Pasión. El Papa Francisco quiso estar cerca de toda la humanidad, presentando al Señor su oración y la de todos los cristianos en varios momentos de los que hemos podido participar. Todos, y en modo especial los sacerdotes, hemos sufrido pensando en tantísimas personas que durante un tiempo, más o menos prolongado, no han podido recibir los Sacramentos ni rezar ante el Santísimo Sacramento. Estoy seguro de que otras tantísimas personas hemos tenido siempre presentes en nuestra oración y en nuestra Misa a todas esas otras que, en cierto modo, han compartido más la Pasión del Señor.
Haciendo referencia directa al espíritu del Opus Dei: san Josemaría hablaba del verso heroico, de hacer endecasílabo de la prosa diaria, de saber descubrir lo divino en las cosas ordinarias de cada día. Ahora la situación es más bien a la inversa, porque vivimos una situación completamente extraordinaria prolongada en el tiempo más de lo que esperábamos. ¿Cómo no perder la paz y la alegría, de las que tanto hablaba el santo, como elementos esenciales de la santidad en medio del mundo, en un contexto de tensión y ante el panorama que presenta la crisis del coronavirus –pérdidas económicas, personales, laborales, etc.– que puede percibirse como sombrío y desalentador?
Un mensaje que se ha repetido mucho estos días ha sido el de “adaptarse a la nueva normalidad”. En el contexto de esta pandemia, el confinamiento y todo lo que esto conllevaba, se ha convertido en nuestra normalidad, en nuestra vida ordinaria. Pienso que, tras los primeros momentos de desconcierto general, todo el mundo procura adaptarse a una nueva “vida ordinaria”. El trabajo, el cuidado de la familia –especialmente de los niños y de los ancianos, más vulnerables–, las relaciones sociales, en todos estos ámbitos han surgido multitud de iniciativas para hacer ahí “verso heroico”. Poco a poco, la situación va evolucionando hacia otros nuevos retos, hacia otras “nuevas normalidades”. San Josemaría hablaba mucho de las cosas pequeñas, del hoy, del ahora. Esta época extraordinaria se construye con pequeños actos y momentos, en los que podemos encontrar a Dios: “¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces” (San Josemaría, Camino, n. 815).
Además, la reacción ejemplar de tantas y tantos profesionales, creyentes o no, ante la pandemia, ha manifestado la dimensión de servicio. Esto ayuda a pensar que el destinatario último de cualquier tarea o profesión es alguien con nombre y apellido, alguien con una dignidad irrenunciable. Todo trabajo noble es reconducible, en última instancia, a la tarea de «cuidar personas». Cuando procuramos trabajar bien y en apertura al prójimo, nuestro trabajo, cualquier trabajo, adquiere un sentido completamente nuevo y puede hacerse camino de encuentro con Dios. Hace mucho bien integrar en el trabajo, aún el más rutinario, la perspectiva de la persona, que es la del servicio, que va más allá de lo debido por la retribución percibida. Pienso que es otra buena lección que esta emergencia sanitaria nos deja para el futuro: buscar, en nuestro trabajo –en cualquier trabajo– esa dimensión fundamental del servicio.