Predicación de San Josemaría a los primeros
Los primeros supernumerarios del Opus Dei. La convivencia de 1948.
Luis Cano
(extracto)
Uno de los hitos más importantes en la historia de la obra de san Gabriel en el Opus Dei, que terminaría por darle su lanzamiento definitivo, fue la semana de formación y estudio que tuvo lugar en Molinoviejo (Segovia) del 25 de septiembre al 1 de octubre de 1948. Participaron quince personas, a las que el fundador explicó con hondura qué significa ser supernumerario del Opus Dei.
El objeto de estas páginas es reconstruir el mensaje que el fundador les transmitió en esos días, valiéndonos de los documentos de que disponemos: fundamentalmente el diario redactado en esas jornadas y los recuerdos personales de los asistentes. Nos hemos limitado a las fuentes que se encuentran en el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei (AGP), que incluyen notas, correspondencia y relaciones testimoniales de varios de los protagonistas de este artículo, que fueron redactadas después de 1975, para la causa de canonización de Escrivá. San Josemaría les habló en veintidós ocasiones y aunque no se conserva la transcripción completa de su predicación, hay algunos apuntes de los participantes, especialmente de Amadeo de Fuenmayor y Tomás Alvira, que son contemporáneas y permiten hacerse cargo a grandes líneas de lo que dijo. (…)
El fundador recibió a los asistentes y les hizo de anfitrión por la casa, que se encontraba todavía en fase de instalación. Algunos de los cuartos tenían literas y no había sábanas ni mantas, por lo que cada uno las llevó consigo.
El desarrollo de la convivencia. La predicación de san Josemaría.
En el horario estaban previstas una meditación y una plática por la mañana, un rato de tertulia después del almuerzo, un tiempo dedicado al “catecismo” de la Obra, es decir al conocimiento del Derecho particular y del espíritu del Opus Dei, y un rato de oración por la tarde. Después de la merienda, había otra sesión del “catecismo”, se rezaba el Santo Rosario y se hacía un rato de lectura espiritual. Tras la cena y la tertulia, el día acababa con un breve comentario del Evangelio del día y el examen de conciencia.
El día de llegada, por la noche, san Josemaría dirigió una plática preparatoria en el oratorio. De Fuenmayor anotó algunas ideas en el diario:
Les dice al terminar que en los días sucesivos no les hablará al corazón, como hoy, sino fríamente, porque son hombres de fe, y deben considerar racionalmente las últimas consecuencias de las verdades que les proponga. El Padre [J. Escrivá] les ha dicho: 1) Que han venido aquí por razones divinas, ya que resulta ilógico abandonar tantas cosas de carácter profesional, familiar, etc.; 2) Son elegidos también por el Señor los que se entregan a Él en el mundo, en su profesión y familia; es “vocación divina”, como dice el Papa; 3) Han venido a estos días a tratar a Dios para amarle; 4) Un Camino: la Santísima Virgen, Nuestra Señora.
Los asistentes se mantuvieron en silencio sólo durante el primer día, que transcurrió en régimen de retiro; el resto de los días fueron de convivencia, es decir, alternando los medios de formación cristiana con ratos de esparcimiento, deporte, tertulia, etc.
Domingo, 26 de septiembre de 1948
Al día siguiente de la llegada, san Josemaría trató en su predicación el tema de la vocación. Dijo a sus oyentes que «nuestra misión en la tierra es dilatar el reino de Dios; somos elegidos desde la eternidad para este fin». Alvira añade estas palabras: «Dios me ha llamado desde la eternidad». La conciencia de esa vocación –subrayó también Escrivá– no debía fomentar la soberbia porque «el Señor ha puesto sus ojos en sus siervos más miserables». «¡Qué gratitud por este llamamiento! –apunta Alvira–. Tantas almas buenas y limpias y, sin embargo, me llama a mí que soy trapo sucio».
El fundador pasó a tratar de otra cuestión, muy relacionada con las reflexiones que estaba haciendo: la filiación divina. «Siempre, consideración muy especial de que somos hijos de Dios. Como niños, hemos de tratarle y amarle y volver a Él después de las caídas, y contar siempre con su amor paternal, su comprensión. El “Abba Pater” de Jesús equivale a la voz de los pequeñuelos que llaman a su padre; así también nosotros hacia Él con esa seguridad de que nos ama extraordinariamente».
«Hay que tratar a Dios como Padre –añade Alvira–, con la misma naturalidad, con la misma franqueza con que el niño trata a su padre».
Por las notas del diario, sabemos que Escrivá completó el horizonte que deseaba mostrar a sus oyentes hablando de la santidad en medio del mundo: «Tratar a Dios y conocerle, despreciando todo lo demás. Honores y riquezas, simples medios. Para ser feliz aquí en la tierra y allá en el cielo, una solución: ser santo; y cuanto más santo, más feliz».
La segunda meditación del día trató del tema de la muerte: «Dice que va a hacer en voz alta su oración», anotó Fuenmayor. La predicación del fundador fue directa, sin rodeos: «¿cómo se presentaría mi alma al Señor si ahora muriera? ¿Y qué haría con las cosas que hoy me preocupan si supiera que iba a morir enseguida?». Alvira anotó, entre otras cosas, lo siguiente:
Todos hemos de morir. […] Un viejo Obispo le decía al Padre [J. Escrivá] que él todos los meses hacía una meditación considerándose cadáver, que le daban la Extremaunción, que se le iban quedando fríos los miembros… Y entonces pensaba en sus inquietudes, en sus trabajos, en las personas que no le querían, etc. Un joven obrero sin fe consiguió al fin la gracia divina. Enfermó y murió poco después. El Padre, refiriéndose a él, decía: te envidio, hijo mío. […] Pero nuestra alma está en presencia de Dios sin más que nuestras buenas obras, nuestros sacrificios, nuestras buenas intenciones…
Ese día san Josemaría tuvo dos sesiones dedicadas a explicar aspectos del espíritu del Opus Dei, como las normas y costumbres, varias virtudes humanas… De Fuenmayor escribió que fueron charlas muy amenas porque fue «intercalando numerosas anécdotas y referencias a muchos puntos del espíritu de la Obra, para que lleguen a conocerla perfectamente».
La jornada terminó con una meditación de san Josemaría sobre la fe, en la que fue comentando pasajes de la Sagrada Escritura:
Habló el Padre de que debemos ser hombres de fe. Ejemplos evangélicos: 1) El ciego que, cuando sabe que pasa Jesús de Nazaret, lo tira todo y va en su busca. Así nosotros: hay que romper con energía, no cadenas –que afortunadamente no existen– pero sí muchos hilos de seda que atan e impiden entregarse al Señor, pidiéndole, como el ciego, «ut videam», para que veamos esos hilos. 2) El hombre con la mano yerta. También se acerca a Jesús a pedirle que le ponga bueno. Y Cristo le pide a su vez que ponga la mano en movimiento: nuestra cooperación, nuestra acción. Y la mano cobra vida a la palabra del Señor: restituta. 3) La mujer encorvada: sólo podía mirar el fango y el estiércol. Así tantos en la tierra. Pero a la sola presencia del Señor, se endereza y ya puede ver el cielo del sol y de los luceros. También nosotros hemos de mirar hacia arriba. 4) La higuera maldita. El Señor, tan humano, tenía sed, y la higuera aparecía preciosa, con hojas verdes, chupando en la tierra, pero sin fruto; y aunque «non erat tempus ficorum», el Señor la maldice, y, al instante, se seca, porque en todo momento es necesario dar frutos. 5) La fe de los apóstoles en los ángeles custodios. San Pedro es librado de fuertes cadenas, y cuando la criada entra a decir a los Apóstoles, que estaban reunidos, que Pedro está a la puerta, ellos dicen «será su Ángel». En la fiesta de los Santos Ángeles Custodios se funda la Obra. Ellos han sido los “cómplices” de todo cuanto se ha hecho.
Lunes, 27 de septiembre de 1948
Al día siguiente el fundador predicó una meditación sobre el reinado de Cristo. Utilizando el símil de las banderas, quizá inspirado en el tradicional tema ignaciano, se refirió a las diferentes actitudes que se perciben en el mundo ante el amoroso dominio de Cristo:
El Padre, en la oración de la mañana comenta la frase de Jesús: «El que no está conmigo está contra mí». Hay dos frentes claramente delimitados. La visión de una batalla con tres ejércitos: el de las banderas rojas y negras, enemigos de Cristo, que siguen gritando el «Crucifige eum», que asolan Europa (Alemania, Austria, Hungría, Polonia); el de los católicos que no lo son de verdad, y que llevan banderas grises; y el de los verdaderos cristianos, con bandera blanca y por estandarte la Cruz, que quieren hacer realidad para remediar la situación a que alude el Salmo nº 2, el «volumus regnare Christum». Abruma hoy contemplar el mapa mundi; la redención existe hoy; es horrorosa la invasión de los bárbaros que se avecina: mujeres, almas puras de los niños, la hacienda, todo será hollado brutalmente, si los católicos no saben ser corredentores con Cristo en su tarea profesional, en los cargos oficiales y en el seno de la familia.
La descripción de ese panorama sirvió a Escrivá de Balaguer para espolear la responsabilidad de sus oyentes, recordándoles que estaban llamados a tratar de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, más aún, a ser corredentores con Él en medio de las tareas profesionales, sociales, familiares, etc. Les hacía llegar el eco de la experiencia fundacional del 7 de agosto de 1931: «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas».
Las notas que Alvira recogió en esta meditación son más explícitas acerca de las consecuencias del absentismo de los católicos en la vida pública: «La Redención no ha terminado. El hombre tiene una libertad de acción. Hay que actuar. Ir a los puestos más elevados, a los directivos, si no queremos que ocurra lo que ocurre ya en otros países: con las mujeres, con los niños, con los Religiosos, con los bienes». Y añade una anécdota que refirió el predicador: «Sacerdote viejo y sacerdote joven, se encuentran, y el viejo pregunta: ¿qué vida haces? Contesta el joven: me levanto tarde, me acuesto pronto, trabajo poco… ¡Criminal!, le dice el viejo. Eso serás tú si te aburguesas, si no trabajas, si no vas a los puestos de responsabilidad por temor, por miedo a fatigarse, por lo que sea…».
La segunda meditación fue sobre la vida oculta del Señor. El predicador comenzó considerando cómo vino Jesús al mundo: «Sin alardes, ni bulla ni estrépito». Después, se refirió a los «treinta años de vida oculta; y sólo tres de vida pública. La Obra tiene como modelo los 30 años de vida oculta […]. Vida contemplativa, porque Dios está en nuestro corazón». Las notas recogidas por Alvira añaden algún detalle: «¿Vida activa o contemplativa? La nuestra contemplativa. Nuestra celda es el mundo entero. Cristo en el centro de nuestra alma. A la conquista del mundo para Cristo. […] Nuestra vida es muy dura, de sacrificio y de adoración constante».
Esa tarde san Josemaría siguió hablando de ser instrumentos del Señor, quien necesita todo tipo de herramientas: «Fuera, por tanto, falsas humildades (yo no sirvo, yo no puedo, etc.)», se lee en el diario; «Para una operación quirúrgica, finos bisturís; para allanar el camino, una apisonadora» añadió, para explicar la utilidad de cada cosa; y concluyó: «Fuera la cobardía. El ejemplo del Señor buscando a los apóstoles: los 12 primeros; en su profesión, que algunos continúan, incluso, luego». «Jesús te llama en el sitio que ocupas, en la labor que realizas», se lee en los apuntes de Alvira.
Todavía intervino Escrivá una vez más ese día, en otra sesión dedicada a comentar algunos puntos del Decretum laudis de 1947, donde expuso con detalle varios aspectos del espíritu del Opus Dei. Habían pasado dos días enteros y De Fuenmayor anota: «La alegría de todos y cada uno es inmensa, increíble» y cita el comentario de uno de los asistentes, Pedro Zarandona: «No había oído nunca al Padre y salgo emocionado después de cada plática. Y lo mismo me sucede al oír su Misa». El cronista quería dejar constancia de que no se dejaba llevar del entusiasmo: «Todo esto que escribo no tiene la menor exageración. Parece increíble pero es así. El Señor nos está mimando a todos con su gracia. Y lo de esta semana es un ejemplo más de su Amor por la Obra, y de su evidente ayuda en todos sus trabajos».
Martes, 28 de septiembre de 1948
El martes 28, san Josemaría predicó tres meditaciones. En la primera, comentó la escena del lavado de los pies a los Apóstoles, durante la Última cena: «Jesús intenta lavar los pies a Pedro, pero éste se niega con falsa humildad. Mas después, cuando el Señor le dice que no tendrá parte con Él, reacciona con su fogosidad característica: no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Así nuestra entrega: total; ciertamente que estamos cargados de miserias, pero el Señor con su gracia ayudará poderosamente».
Y continuó comentando los pasajes de la Pasión de Cristo: «Jesús, de tribunal en tribunal, silencioso. Frente a esto, tantas lenguas sucias –incluso de católicos oficiales– tanta murmuración. El terrible momento de la coronación de espinas. Él se encorva. Son mis miserias las que se clavan. Nuestra poca caridad. Finalmente, en la Cruz, solo, clavado como un bicho. Por sus sentidos exteriores e interiores recibiendo dolor. Vayamos en su busca para descenderlo y clavarnos nosotros en la Cruz».
La segunda meditación fue sobre oración mental. El fundador se refirió a los temas que podían tratarse en cada conversación personal con Dios y proporcionó algunos consejos prácticos para hacerla bien: «Preocupaciones, alegrías, deseos, esperanzas, todo, tratarlo con Dios. 15 minutos, y si es posible, 30. Antes dejar la comunión, que la oración. En un lugar recogido: puede ser la iglesia, o en casa muchas veces mejor. Fórmula lógica y divina para empezar: Señor mío y Dios mío (Santo Tomás, al meter su mano en la llaga del Señor), creo firmemente que estás aquí, etc.».
Prosiguió enseñando cuáles han de ser las condiciones de la oración: «En primer lugar, la oración ha de ser humilde: entre el publicano y el fariseo, nosotros debemos ser como aquél. En segundo término, sencilla, con la sencillez de los niños, en que tantas lecciones de oración pueden aprenderse. Perseverante: Sta. Teresita se valía de jaculatorias cuando no podía hacerla de otro modo. Seamos hombres de oración, de vida interior».
Las anotaciones de Alvira en este punto reflejan mejor el colorido de la predicación de Escrivá:
Sencillez en la oración. Niño que decía: Viva Jesús, viva María y viva mi tía. Niño que llama a la puerta de su padre con la mano, con el pie, con todo el cuerpo. Y el padre sale con intención de reñirle, pero al verlo, lo abraza. Así nosotros en la oración a Jesús. Invoquemos a María, a José, a nuestro Ángel, para que nos ayuden. No debemos dejar ningún día la oración. Un Jefe del Estado tiene su guardia y unos consideran hacerla un honor, y otros se la pasan pensando en la novia. Nosotros hemos de considerar un honor ese rato de guardia, de oración y estar el tiempo exacto, aunque en la media hora hayamos mirado cuarenta y dos veces el reloj. Si hemos tenido voluntad de hacer oración, habremos ganado mucho.
La última meditación de ese día fue sobre la mortificación. Como era su costumbre, san Josemaría glosó varios textos bíblicos: «Si el grano de trigo cae en la tierra, y no muere, queda infecundo; si muere, da mucho fruto. Así, nosotros necesitamos de la mortificación para ser fecundos».
Continuó hablando de los vencimientos que son necesarios para la santidad: «Pequeñas mortificaciones. Oración de la carne, de los sentidos. Si un ángel viniera a decirnos que sin mortificación podíamos ser perfectos, no sería ángel de luz sino de tinieblas». Pasó a referirse a san Pablo, que contaba sus dificultades para superar la debilidad del cuerpo, y utilizaba el símil del deporte, para explicar el esfuerzo que ha de ponerse en la vida cristiana:
Los deportistas haciendo tantas cosas para ganar un premio. ¿Y nosotros? Correr [sic] de manera que ganéis el trofeo, dice el mismo San Pablo: muchos son los que participan y uno solo el que se lleva el premio. La mortificación, medio para hacer muy felices a los que nos rodean (nuestra gran obligación). La Virgen sabe mucho de mortificación: procuremos quitarle alguna de las espadas que atraviesan su corazón para clavarla un poco en el nuestro.
Ese día el fundador continuó explicando el Derecho particular del Opus Dei, deteniéndose en «las obligaciones y privilegios de los supernumerarios; la naturaleza y alcance de su vínculo con la Obra».
Miércoles, 29 de septiembre de 1948
El miércoles 29 san Josemaría siguió tratando temas de la vida cristiana que eran habituales en su predicación: caridad, medios para alcanzar la santidad, cosas pequeñas y dirección espiritual. En la primera meditación, comentó el Mandatum novum, explicando que las obras de caridad han de hacerse sin llamar la atención y sin buscar un reconocimiento humano: «El precepto sigue tan nuevo como cuando lo declaró el Señor, porque nadie lo usa. Caridad cristiana, tan olvidada por los católicos oficiales. Frente a las limosnas con espectáculo (fundaciones con el afán de perpetuar la memoria del fundador), la obra buena de la que nadie se entera».
Prosiguió después tratando de un modo concreto de ejercitar la caridad: practicar la fraternidad entre quienes forman parte del Opus Dei. Pedía que esa manifestación de amor «sea verdadero cariño; amor de hermano, que le alaba a sus espaldas, y que le corrige cara a cara cuando es necesario. El ejemplo vivo de Cristo, que llora a su amigo Lázaro; que, compadecido, resucita al hijo de la viuda. Caridad sin hipocresía: con sacrificio y amor». Las notas de Alvira, que se van haciendo más breves a medida que pasan los días, añaden: «Jesús no dijo que se conocerían sus discípulos porque fueron puros, ni humildes, sino porque se amarían los unos a los otros. Cuidado con la lengua. Personas que comulgan todos los días, pero luego se meten con la honra de otros».
En el diario se lee que la segunda meditación de ese día trató de los medios que deben emplearse para alcanzar cualquier fin y concretamente el de la santidad:
Ante la meta, los hombres –según su posición– forman tres grupos: aquellos insensatos que desprecian todo medio (ejemplo del que quiere bajar desde la azotea de la Telefónica sin ascensor ni escalera); otros que solamente aceptan aquellos medios que les vienen a la medida de su gusto, que son gratos a su voluntad; y, finalmente, los que, por sentirse enfermos, no rechazan ninguna medicina. Esta última postura es, además, una consecuencia lógica de la entrega: si hemos de servir con fidelidad, hemos de tomar los únicos medios adecuados: oración, mortificación y trabajo. Lo contrario es una cobardía, que nos pesaría toda la vida. Que la Virgen –a quien debemos pedirlo– nos endulce y haga agradables estos medios. Un propósito general, amplio: Amor. Y, además, unos propósitos concretos, diarios.
Por la tarde, el fundador trató de la importancia de las cosas pequeñas, concretamente en lo que se refiere al cuidado del plan de vida espiritual, es decir, esas prácticas de piedad que jalonan la jornada del miembro del Opus Dei:
Cumplimiento del plan de vida: fidelidad en los detalles. Ante la pobre viuda que deposita en el cepillo las monedas de cobre, dice el Señor: Os aseguro que esta viuda ha dado más que nadie. Perseverancia, con humildad, entregándonos a nuestra madre como niños para que ella nos suba, nos lleve. Que en este cumplimiento al detalle de nuestras obligaciones, está la misma santidad; porque los santos son de carne y hueso, no de cartón. El ejemplo de Isidoro [Zorzano]: se santificó con el trabajo ordinario, con humildad extraordinaria.
En la última meditación de ese día, se detuvo en «la confidencia semanal, y en la dirección que la Obra proporciona a sus socios por medio del Director y de sus Sacerdotes», es decir en todo lo que se requiere para aprovechar con fruto el acompañamiento espiritual del que se benefician los fieles del Opus Dei para avanzar en el camino de la santidad.
Jueves, 30 de septiembre de 1948
Las últimas meditaciones de san Josemaría tuvieron lugar el jueves 30 de septiembre. En la primera, el fundador comentó la parábola de la buena semilla y la cizaña: «El buen sembrador, que siembra trigo; y llegan los enemigos y, cobardemente, siembran cizaña. Así en la tierra, entre nosotros: ¡cuántos, cobardemente –porque después huyen– siembran la cizaña! Todo porque no vigilaron el campo aquellos a quienes lo encomendó el Señor: no seamos “homines dormientes”».
Explicó que esa vigilancia se debía aplicar también a la vida personal, para detectar las tentaciones sutiles del demonio: «No nos vendrá groseramente con un pedazo de carne cruda, sino guisada, sazonada, y en cosas pequeñas: aquí hay que hacerse fuertes. Los medios son los ya conocidos: oración, mortificación y trabajo. No tener miedo a la penitencia; materia en la que debe consultarse al Director». Tomando pie de esta parábola, se extendió también hablando del influjo cristiano que los miembros del Opus Dei debían procurar dar en el medio en el que viven y trabajan. Explicó algunas características que había de tener el apostolado personal en el ambiente profesional: «En el trabajo: prestigio; alzar la cabeza sobre los demás compañeros con humildad; y darles criterio, sin ser “predicador” (no somos dominicos). Y con todo ello, adquirir un sentido nuevo de todas las cosas, que nos llene de paz y de alegría, de contento (alegría con contenido)».
Por la tarde de ese último día, hizo algunas reflexiones sobre la historia del Opus Dei y concretamente sobre las persecuciones que había sufrido, algunas de ellas en ambientes eclesiásticos. Ahora, tras su aprobación como instituto de derecho pontificio, la Iglesia la había bendecido y puesto como ejemplo. Así, concluía, sucede también en la vida de las personas: «enfermedades, muertes, contrariedades, apuros económicos, deslealtades profesionales, tormentas… y después el sol». Hizo referencia a la pesca milagrosa de Jesús y, en relación con la vocación al Opus Dei, señaló:
Y no se piense que esta entrega puede dañar lo más mínimo la vida de familia o los intereses económicos familiares: cuando Pedro se afanaba en la pesca, sin éxito, Jesús le indica el lugar adecuado, y, entonces, saca multitud de peces sin que se rompa la red.
Aunque en el mundo aumente nuestro trabajo, la red (hogar, profesión, etc.) no se romperá.
Acababan aquellas jornadas y la última meditación de san Josemaría estaba reservada a tratar el tema de la perseverancia. Quiso predicarla a última hora de la tarde, para que al día siguiente todos pudieran salir de viaje temprano. Les dijo, entre otras cosas:
Muchos comienzan, pero llegan pocos hasta la cumbre. En nuestro caso son pocos los que comienzan, pero seguramente muchos terminarán. La gracia de Dios no nos ha de faltar.
En los Hechos de los Apóstoles se lee que los primitivos cristianos eran perseverantes por la fe, el pan y la palabra. Tozudez: en este punto seamos tercos, y si una puerta se cierra, otra se abrirá. Que seamos desde ahora hijos de la madre buena y guapa que es la Obra, “cor unum et anima una”.
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